Fanfiction – El fin de una era

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CAPÍTULO ICAPÍTULO IICAPÍTULO III


Nota del autor:

Ésta es una historia, o un ‘fanfiction’ de Assassin’s Creed. En cronología, yo la situaría entre Assassin’s Creed y AC II. Sólo diré que trata sobre la razón y la historia del famoso viernes 13 ‘de mala suerte’. No diré más por ahora. Espero tener las oportunidades y el tiempo para escribir y publicar un capítulo semanalmente o cada dos semanas—que es lo más probable—.

Para el seguidor de la saga ‘AC’, será un viaje lleno de Revelaciones—inventadas por mí, claro, pero interesantes— y para el lector casual será un entretenido modo de gastar tiempo. Claro que para cualquier tipo de lector le será interesante y tal vez fascinante descubrir la causa de ese viernes que les asusta o les emociona tanto. Si quieren seguir siendo etiquetados, avísenme. De lo contrario, ignoren las siguientes publicaciones. Compartanlo con los seguidores de la saga y los lectores ocasionales.

Disfrutad leyendo.

Xchel Villalobos


El fin de una era
Capítulo I

Diciembre de 1305

Venecia, Italia

     Se podían sentir las gotas de la ligera lluvia que cubría la ciudad. Con un poco más de frío, sería nieve. Las calles, húmedas y solas, daban una idea de tristeza y depresión. Sin embargo, los edificios que se alzaban a un lado encerraban a los dos Asesinos que se paseaban, con sus túnicas y capuchas, sus espadas y dagas, sus cuchillas ocultas y sus marcas en el dedo anular izquierdo.

     Un viejo y un joven. El viejo, italiano, vestía una sencilla y torpe túnica blanca. Iba encapuchado para cubrirse del frío. El joven era muy diferente a su compañero; vestía una armadura impresionante: no era como la de los soldados de Europa, ni mucho menos de oriente, sino de un futuro… Era un peto de cuero cubierto con capas de acero, unas grebas con el mismo diseño y un brazal en el antebrazo izquierdo con un águila grabada en él. En el cinturón mostraba claramente su emblema: el símbolo de los Asesinos. Muy ligero se veía a simple vista. Los ropajes eran singulares, aunque destacaba mucho en esta época de post-guerra. Ningún hombre había visto algo igual.

     Mientras caminaban sobre calles y callejones hasta llegar a la plaza de San Marcos, donde se alzaba majestuosa la basílica, comenzaron a platicar:

     —Ya verás que en unos años, este lugar estará lleno de vida e inspiración—comentó el viejo señalando su alrededor.

     —Apostaría lo contrario…

     —Estos hombres orientales…—dijo casi para sí mismo—. Debes tener fe si estás dispuesto a mantenerte fiel al Credo.

     —Nada es verdad. Todo está per…

     —Tú no entiendes el verdadero sentido de nuestro Credo. Aghh…—suspiró—Aún eres joven. Supongo que ya te otorgarán la sabiduría para entender.

     El joven Hassân hizo una mueca y se encogió de hombros.

     —Vale, pero no estamos aquí para filosofar. Dirígete allá, a aquel callejón: trepa ese edificio, y espera en el tejado la señal.

     Y Hassân sale trotando hacia donde lo enviaron, e inmediatamente comenzó a subir usando los salientes de ventanas y ladrillos; en menos de un minuto ya se encontraba en lo alto, esperando.

     Pasaron diez minutos hasta que llegó un tercer hombre atravesando la plaza. Vestía una armadura francesa con una túnica blanca y una cruz roja en el pecho. Detrás lo seguían otros dos hombres vestidos igual, a excepción de la capa blanca que llevaba el encabezado del trío de cruzados.

     El viejo permanecía de pie cerca del edificio donde Hassân estaba.

     —Asesino…—dijo el cruzado de la capa una vez se acercó.

     —Gracias por haber venido, esto es importante—contestó el viejo mientras se quitaba la capucha, dejando al descubierto su cara arrugada y llena de la barba blanca como la lluvia que se convertía en nieve, tapizando toda la plaza y la Basílica de San Marcos.

     —Importante para mí… ¿Y el dinero de la deuda?

     —Paciencia mi estimado…colega…

     A pesar de la furia que el cruzado guardaba, el viejo se mantenía tranquilo y sereno.

     —Un momento… Tú… Tú eres Dante ¿no? Dante Alighieri… Así que eres uno de ellos…un Asesino.

     El viejo Dante sólo sonrió ante esas palabras.

     —Bien—continuó el cruzado—, ¿dónde está lo que me debes?

     —Ahora te lo entrego…

     Y acto seguido, Dante sacó una daga de su túnica y apuñaló al hombre que iba detrás, para después desarmar y degollar al otro. El cruzado quedó atónito del giro que había tomado la negociación que esperaba.

     Mientras Dante empuñaba la daga, el cruzado desenvainó la espada. Desarmó a Dante fácilmente. Luego, apuntándole con la punta de su espada, dijo:

     —Dame el dinero y saldrás con vida.

     —Dame la carta y tú saldrás con vida, de lo contrario no sólo tendremos que arrebatarte eso…—respondió con la misma tranquilidad.

     —¿Tendremos?

     Y Hassân se lanzó contra el cruzado desde el tejado. A mitad de caída, de su antebrazo—o mejor dicho de su brazal—sacó una cuchilla haciendo un sonido singular, para clavarla en el cuello de su objetivo.

     Apoyado sobre el brazo de Hassân, el cruzado dijo sus últimas palabras:

     —Mi Orden—comenzó a decir con dolor y sufrimiento en las palabras—, irónicamente, busca el orden…

     —Sí, pero sus métodos son los que atraen la hoja de un Asesino—le contestó Hassân.

     —Y tú… Matas para conseguir paz… No eres m-mejor que yo.

     —…

     —Da igual. La lucha que tú buscas terminar, y que tus antepasados, y la que tu Orden busca terminar siempre se dará en el mundo… Nuestros grupos peleando hasta el fin de los tiempos y el Armagedón…

     El último suspiro del hombre salió con esas palabras. Quedando ahí con los ojos fijos sobre la cara de Hassân.

     Éste lo recostó en el suelo y le cerró los ojos con sus dedos.

     —Parte de este mundo en paz.

     Entonces Dante, que había estado viendo, dijo:

     —Es cierto… Qué ironía… Acompáñame.

     Mientras comenzaban a caminar sobre el suelo de nieve de la plaza, Dante se colocó la capucha blanca que hacía juego con todo.

     —Nuestra Orden empieza a no tener sentido—comenzó Dante—. Altaïr escribió sobre esas ironías en su Códice. Te las diré.

     Cruzaron un puente de un pequeño canal, adentrándose en las calles.

     —Buscamos defender la paz, pero nuestro medio es el asesinato. Buscamos abrir la mente humana, pero exigimos obediencia a un jefe y a unas normas. Pretendemos denunciar los peligros de la fe ciega, pero nosotros mismos practicamos una. Esta paradoja la estudió el Mentor, pero casi en vano. Él, como tú, anhelaba el fin de esta guerra.

     —Y nosotros somos la prueba de su fracaso.

     —No, somos la prueba de sus acciones que cambiaron el mundo, nuestro mundo.

     —Recuerdo que mi maestro me contó sobre Masyaf, la historia de los últimos años de Altaïr. Después de que se retiraran los Polo a Constantinopla, los Asesinos fueron dispersados por todo Oriente: Damasco, Acre, Jerusalén, Alejandría.

Hizo lo mismo con las fortalezas aliadas, como Alamut. Envió a su hijo Darim a Alejandría, junto con varios de sus libros y ésta armadura—señaló la que usaba—. Él se encerró en alguna cámara en la fortaleza y se perdió junto con sus secretos y su sabiduría para siempre. A lo que quiero llegar es que, si él pudo disolver esa locura de habitar fortalezas, ¿por qué no hacer lo mismo con los Templarios? Poseen sus fortalezas bendecidas por el Papa y protegidas por Francia, Inglaterra y España. En cambio, nosotros tenemos que escondernos de los hombres.

     —Aunque pudieras plantearlo en la Orden, ¿cuánto tardarías? ¿siglos? Tiene sentido lo que dices, pero parece casi imposible, Hassân. Si atacamos sus fortalezas, no sólo perderíamos a muchos de nuestros hermanos, sino que, tanto los ojos templarios como la Iglesia y Francia, Inglaterra y España nos atacarían, tratarían de extinguirnos con todas sus fuerzas.

     —Entonces conseguimos su apoyo.

     —¿Cómo? No te ofendas, pero después de las Cruzadas, no creo que quieran escuchar a un oriental.

     —Ya nos la ingeniaremos. Primero, debemos hablar con los Maestros de la Orden aquí, en Francia y en España.

     —Después de mí, creo que el Asesino con rango más alto es el hijo de Niccolo Polo, Marco.

     —Qué presuntuoso…

     Caminando y discutiendo llegaron al Gran Canal, dónde se notaban los copos de nieve en el agua, varias barcas descansando por allá y, a lo lejos en el sur, se avistaban navíos de tamaño considerable en el puerto, todos cubiertos de nieve.

     —¿Y dónde vive ese tal Marco?

     —En el distrito de San Pablo, tiene un puesto comercial.

     —Bien. ¿Vamos?


Capítulo II

Tras caminar varios minutos junto al Gran Canal, con dirección al norte, llegaron al Puente de Rialto, que se alzaba unos tres metros sobre el agua. Toda su madera reposaba con el manto de nieve que la cubría, aunque ya había dejado de nevar. Todos los alrededores, en los edificios, tejados, árboles y arbustos estaban cubiertos de la nieve que había caído durante diez minutos. Tal vez era por el clima, pero las antorchas y faroles se encendían conforme la noche caía. A cada paso que daban los Asesinos, oscurecía más y más.

     En esta zona de la ciudad, a diferencia del distrito de San Marcos, había más gente, más vida en las calles. Sobre el puente, en las pequeñas plazas llenas de puestos, en el mercado frente a la iglesia de San Giacomo de Rialto por la que ahora pasaban, todo tenía gente caminando con cajas y bolsas sobre los brazos y en la espalda.

     Esta iglesia, siendo la más antigua de Venecia tenía un viejo reloj en la torre, muy simple pero útil, pues ahora mismo les decía a los comerciantes del mercado próximo que ya era hora de levantar las cosas e irse a casa.

     —Por aquí.

     Dante Alighieri guiaba al joven Asesino oriental, Hassân Çelik , por las calles, dejando atrás la iglesia y el mercado, adentrándose aún más en el distrito comercial de San Polo.

     Cruzaron un puente que tenía vistas a un palacio sin terminar, lleno de andamios y escaleras. Una cerca de metal lo rodeaba en la pequeña isla en la que estaba. Parecía uno de esos castillos medievales que, aparte de tener una gran muralla, tenían una circunferencia de agua, llena de cocodrilos y otras bestias de río.

     Llegaron a una placita con un pequeño árbol en el centro. Los edificios a su alrededor no tenían nada en especial, a excepción de uno. Éste, construido con ladrillo rojo y una puerta simple de madera tenía una placa que lo distinguía del resto: sobre la pared estaba inscrita la palabra Polo.

      —¡Marco!—gritaba Dante mientras golpeaba su puerta.

     Pero no obtuvo respuesta.

     —¡Marco! Soy Dante—repitió.

     Y en ese momento un hombre de aparentes cincuenta años abrió la puerta. Su vestido era muy italiano: una larga y colorida capa de seda con detalles y decoraciones. Sobre uno de sus hombros se notaba la ‘M’. Su pelo y barba color marrón destacaban sobre su piel güera.

     Hassân notó a primera vista que algo se abultaba debajo de su manga izquierda, y en el dedo anular del mismo brazo tenía una marca de quemadura similar a la de Dante. De algo no tenía duda, un Asesino era este señor Polo.

     —¿Dante? Me sorprende encontrarte. Te creía en Rávena.

     —No. Sigo joven como para retirarme tan pronto.

     Los dos notaron la cara burlona del joven que veía el cabello blanco de Dante.

     Se echaron a reír.

     —Aunque no lo creas muchacho, Marco es más viejo que yo. Esta barba es hereditaria. A mi padre le salió su primera cana cuando tenía catorce años de edad. Éste es Marco Polo. Marco; Hassân.

     —Molto onorato, messer Çelik.

     —L’onore è mio—respondió Hassân mientras hacía un leve reverencia.

     —Aprendes rápido. No tengo duda de que triunfes en la propuesta que tienes—comentó Dante.

     —¿Propuesta?—preguntó Marco con curiosidad.

     —¿Podemos pasar?

     —Claro—Marco condujo a Dante y a Hassân dentro del edificio. Era muy amplio y muy sencillo. Tenía tres metros de altura del suelo hasta el piso, una especie de balcón de madera se alzaba a metro y medio sobre la orilla de la esquina noroeste. Había estantes llenos de libros con títulos raros y en extraños lenguajes. Velas sobre una mesa llena de papeles, pluma y tinta alumbraban un pequeño rincón. Faroles colocados en las paredes alumbraban el resto de la habitación. Sobre techos y paredes colgaban telas de estilo oriental, que hacían juego con tapetes colocados por todo el suelo. Y un aroma a incienso le daba al ambiente ideas sobre la vida en oriente.

     Entonces Marco reaccionó al rostro de Hassân.

     —¿Te recuerda a casa?

     —Un poco por el olor. Pero esas telas y los tapetes son del gran Khan.

     —Efectivamente. Son de más allá de Tierra Santa. Pónganse cómodos, por ahí—señaló una mesa en el centro de la habitación—. ¿Gustan tomar un té, o un café? Algo más fuerte tal vez… ¿Vino?

     —¡Ah! Sí. Un té verde—contestó Dante. Dirigióse a Hassân:—. Es mi favorito.

     —¿Y tú Hassân? Debes de estar atiborrado de oriente. Sin ofender…

     —Estoy bien… Grazie.

     —Marco…—dijo Hassân una vez se encontraron reunidos en la mesa—¿Qué es lo que vendes o comercias?

     Polo se sintió alagado, pues casi nadie nunca le preguntaba eso. A menos que fueras a comprarle o venderle.

     —Mis relaciones con el Khan me han permitido traer muchos tesoros literarios y especias únicas para venderlas aquí. Cada mes viene un embajador del Khan que trae más especias, y a veces un libro o documento. Generalmente vendo los libros a la iglesia, pero de vez en cuando llega un erudito a curiosear.

     —Esas especias te traen una fortuna, ¿no?

     Marco asintió.

     —Algunas las intercambio en los mercados. El resto va para el Vaticano. Clemente disfruta mucho del té, al igual que Alighieri.

     Mientras Marco contaba sobre su negocio, Dante había permanecido quieto y en silencio, disfrutando de su té.

     Colocó su taza con detalles diminutos de oriente en la mesa y dijo:

     —Hassân; deberías platicarle sobre esa… idea tuya.

     Éste asintió.

     Se colocó en una posición que le hacía parecer un gran erudito, un pensador: se inclinó para atrás, dejándose caer. Apoyó sus codos en la silla, con las manos juntas y la vista clavada en el vacío. Entonces comenzó a relatar lo mismo que Dante una hora atrás. La historia sobre la acción del Maestro Asesino Altaïr y su propuesta por hacerle lo mismo a los Templarios.

     —Muy intrigante…

     Dante tomó la palabra:

     —Sí Hassân convence a la Orden en Francia y España, ¿nos apoyarías?

     —Mi padre contaba cosas maravillosas sobre Altaïr, tuvo el honor de conocerle—Marco miraba fijamente un estante junto a su escritorio.

     Y habló Hassân:

     —Es justicia. El mundo no debería ser testigo de esta guerra que ni nosotros logramos entender. Debe librarse en las sombras… Sólo así será iluminado.

     Tras decir esto, Hassân pudo sentir ese aire de sabiduría. De honor.

     Se mantuvo pensante Marco, sin apartar la vista del estante. Finalmente dijo:

     —Les dispondré de un carro que los lleve a Génova, de ahí…

     —¿No eran enemigos tú y Génova?—preguntó interrumpiendo Dante.

     —Venecia y Génova, no yo.

     —Habrá un barco que los lleve a Marsella—continuó—. Enviaré una carta para que la Orden los reciba allí. Yo se que se las arreglarán para ir a España.

     —¿Tu no vienes con nosotros?—preguntó Hassân algo desilusionado por no poder viajar con el famosísimo aventurero Marco Polo.

     —Mi comercio y mi familia exigen mi presencia aquí. No puedo acompañarlos.

     —Te enviaremos noticias desde Francia—dijo Dante en forma de despedida. Paróse y dirigióse a la puerta, ondeando su túnica y poniéndose de nuevo su capucha.

     —¡Hassân!—exclamó al joven para detenerle— Toma.

     Le entregó un libro con cubierta de cuero negro.

     —¿Qué es?—preguntó mientras hojeaba el libro.

     —La cruzada secreta. De mi padre.

     Hassân murmuró:

     —Niccolo Polo…

     El viaje en carro fue tranquilo, varias paradas en pueblos pequeños  para comer y alimentar a los caballos.

     Al amanecer del sexto día, se veían las torres y torreones de Génova. Los campanarios y atalayas dentro de la muralla casi abandonada te decían que era una ciudad verdaderamente rica.

     Detrás se podía admirar el océano, el mar del Mediterráneo con sus aguas llenas de misterios y fantasmas de guerras pasadas.

     Mientras el carro avanzaba por las calles hacia el puerto, el joven tiraba baba por todas partes, admirado por la catedral, o por soldados genoveses marchando y luciendo su cota de malla, o sus petos de cuero.

     Tenderetes cubrían plazas enteras, llenas de italianos queriendo comprar en ellos. Las palomas sobrevolaban las torres, llenándolas de excremento. Niños jugando con una piedra o siendo perseguidos por sus madres. Y finalmente, en el horizonte se veían los barcos de todos los tamaños, colores y formas. Una balandra zarpando. Pequeñas barcas amarradas a un muelle. Y navíos gigantes esperando que esté su tripulación para partir. Un hermoso paisaje para un oriental en su primera visita a Europa. Sin embargo, otra ciudad idéntica al resto para Dante que ya había visitado Génova en el pasado.

     En la entrada que daba al puerto, en lo alto ondeaba honrosamente el escudo genovés en un estandarte bordeado: una cruz roja sobre un fondo blanco. Con el solo hecho de verlo, a Hassân se le ponían los nervios de punta. Era muy similar al escudo Templario.

     —Hasta aquí puedo pasar yo—dijo el conductor—. Entreguen ésta carta al capitán de su barco y llegarán a su destino.

     —Grazie mille—Dante entregó unas monedas de bronce al hombre y continuaron caminando calle abajo, dejando atrás las calles.

     Ahora el olor no era de flores ni tierra, ni de mercados o iglesias. Era más nauseabundo. Humo que salía de un montón de basura apilada con descuido en el suelo nublaba la vista. Marineros borrachos que se tambaleaban cerca del agua con una botella de vino en la mano. Mujeres con sus vestidos cortados que dejaban ver más de una curva de sus bellos cuerpos llamaban la atención de todo hombre.

     Mientras seguían caminando, Dante soltó un comentario:

     —La diferencia entra Génova y Venecia es que ésta ciudad, aunque tenga una flota más poderosa que la veneciana, no cuida sus puertos. Le da una ventaja considerable a Venecia.

     Hassân no parecía entender.

     —¿Cómo?

     —El arsenal de Venecia es hogar de barcos y de la flota en sí. Está casi tan limpio como la Basílica de San Marcos. Lo que quiero decir es que los venecianos tienen más orden al crear sus naves. En una batalla, un barco veneciano bien hecho y bien mantenido puede hundir a cinco genoveses en menos de los que tú trepas la catedral.

     —Vaya…

     Pero Hassân no había notado el problema que vendría en unos instantes. ¿Cómo saber que barco es el de Marco Polo? No comentó nada de eso.

     —¿Cómo sabremos que barco es el nuestro?

     —Los Polo han querido que se les reconozca donde sea, ya sea por un integrante o una de sus cosas.

     Frente a los dos, Dante señaló un barco que en la parte trasera tenía unas siglas grabadas en la madera del casco.

     “M.P. 

     El barco era mediano. Pero destacaba por sus numerosas velas blancas que en ese momento estaban siendo izadas.

     Ya a bordo, Dante le entregó la carta al capitán, que después de leerla dijo con el acento italiano más raro que Hassân había escuchado jamás:

     —Benvenuti alla mia nave, signori. Mettetevi comodi durante il viaggio.[1]

     El barco comenzó a zarpar, ahora dejando atrás la tierra. En una hora solo se veía mar, agua.

     Los días en el barco duraban dependiendo del capitán; cuando se bebía dos o tres botellas de vino, caía dormido, lo que hacía que el día pasara muy rápido. En estos casos, su primer oficial tomaba el timón y dirigía a la tripulación. Pero cuando bebía más el día pasaba muy lento. Se la pasaba fastidiando a todos. Haciendo bromas y burlándose. En una ocasión cuando se enteró de la edad de Dante y de su apariencia, éste le soltó una bofetada, dejándolo dormido el resto del día.

     Pero finalmente, después de semana y media de viaje, al horizonte—en el norte para ser precisos—, se veía tierra. Pero no sólo eso. ¡Marsella se alzaba gloriosa sobre el mar!

[1] «Bienvenidos a mi nave, caballeros. Pónganse cómodos durante el viaje»




Capítulo III

Los majestuosos edificios, torres, iglesias y burdeles que se alzaban sobre aquel territorio al que los franceses llamaban Marseille desplegaban la luz de sus faroles, velas y antorchas sobre aquel atardecer frío. El agua que era cortada por el casco de madera del barco de Marco Polo,  parecía helada; solamente de verla empezabas a congelarte.

     El puerto se acercaba, los muelles húmedos estaban listos para recibirlos. Los numerosos hombres con sus armaduras de cuero y sus arcos y ballestas se distraían de su guardia para notar las velas que se acercaban del horizonte.

     Toda la tripulación veía al capitán que recién salía de la cabina para gritar con un terrible acento francés:

     —Bienvenue à Marseille![1]

     El barco amarró cerca de un burdel con un letrero de madera que decía: Les femmes vivant. Estaba adornada con cortinas grandes de color carmesí en las ventanas, donde salían macetas llenas de rosas rojas y rosas. Hassân, con su distinguida armadura y su capucha puesta como siempre, y Dante con su sencilla túnica y la cabeza descubierta, esperaron. Les había dicho Marco que sus hermanos los estarían esperando en la Marsella. «¿Dónde estará ese Asesino francés?» se preguntaban. Cuando en esos momentos, sus pensamientos fueron interrumpidos y respondidos con un hombre que salía de aquel burdel encerrando con su brazo a una bella mujer rubia con un vestido color morado. El hombre, de entre treinta y treinta y cinco años de edad, vestía una armadura muy similar a la de los guardias de la zona, a excepción de que, debajo de la armadura, llevaba un ropaje color blanco. Un arco reposaba detrás de su espalda, junto con un carcaj lleno de flechas. Iba su cabeza descubierta, donde se asomaba su cabellera color castaño, con una barba ligeramente gruesa. Sus ojos marrones sobresalían de su cara morena.

     Al notar que Dante y Hassân le veían, le susurró algo a la cortesana que le hizo reír y marcharse por donde había venido, para después acercarse a los hombres.

     —Vous parlez français?—preguntó el hombre.

     —No—contestaron al unísono después de lanzarse una mirada de curiosidad.

     —Vale—el hombre trató de pronunciar perfectamente—. Mi nombre es René D’Aubigné—hizo una pequeña reverencia, para después colocar su mano derecha sobre su corazón.

     Los otros dos le imitaron.

     —Me ha llegado la carta de messer Polo—continuó René—. ¿Hassân?—preguntó señalando a Dante—, y ¿Dante?—ahora señalando a Hassân.

     Dante se echó a reír por la confusión del francés.

     —Él es Dante—comentó Hassân.

     —Mucho gusto entonces, Hassân. Vaya viaje que has hecho, desde Tierra Santa. Ahora, si me permiten, los dirigiré a nuestra guarida. Fernando ha de estar impaciente por la reunión internacional que habrá—René parecía muy emocionado mientras era seguido por el italiano y el joven oriental por una calle estrecha junto al burdel, para salir a una avenida más grande donde pasaba la gente y los carros y los guardias caminando en todas direcciones—. ¡Qué emoción! ¡Nuca se había visto esto en nuestra Orden! Tal vez por que recientemente nos expandimos por todo el continente… Después de ustedes…

     Un carro se detuvo y abrió la puerta a los tres hombres. Era tirado por dos enormes caballos blancos, dirigidos por un hombre sencillamente vestido y muy sucio. Inmediatamente se subieron, el carro comenzó a andar por la avenida en dirección al noreste. Dejando atrás el Mediterráneo y los muelles, adentrándose más en las calles francesas llenas de edificios de ladrillo rojo y marrón, de árboles tan diminutos como los perros que vagaban y tan enormes que pasaban muchas construcciones. El cielo lleno de nubes grises les arrojaba vientos helados mientras el sol se preparaba para desaparecer.

     Mientras el carro, dirigido por aquel sucio hombre y sus caballos gigantes, recorría Chemin du vallon de l’Oriol[2], Hassân mantenía su cabeza asomada por la ventanilla a un costado del coche para ver la ciudad, le parecía fascinante. La familia Polo había sido la primera en pisar oriente, y empezaba a creer que él era el primero en pisar occidente.

     Las palmeras gigantes y los árboles de dimensiones iguales, proyectaban su sombra sobre la avenida por donde pasaba la gente y el carro de los tres Asesinos. Dante no parecía tan impresionado como Hassân por la ciudad, pero si estaba distraído en la otra ventanilla. René, durante todo el viaje, se mantuvo ocupado arreglando y acomodando su brazal de cuero izquierdo, donde tenía su hoja oculta. Siguieron en la misma dirección hasta llegar a una colina donde en lo alto se encontraba un puesto de vigilancia, junto a una pequeña capilla. En el puesto había tres hombres con la armadura idéntica a la de René, pero el color de su ropa era gris muy claro. Tenían ballestas en sus espaldas junto con un carcaj lleno de virotes.

     Dos de los tres hombres advirtieron el carro que se detenía justo al pie de la colina. El tercero mantuvo su vista fija en el horizonte, al lado contrario.

     —Después de ustedes—habló René.

     Primero salió Dante, seguido por Hassân y René. Éste cerró la puerta y el carro partió por el mismo camino por el que había llegado.

     —La colina de la Garde—presentó a los extranjeros—. Esos hombres de allá son Hermanos; debajo de ese puesto de observación y esa capilla está nuestra guarida. Hay un hombre francés en la nobleza que nos apoya. Nos ha dado un disfraz para que ni el rey ni los Templarios husmeen. Fernando ha de estar ahí abajo. ¿Vamos?

     Dante y Hassân subieron por un sendero que se abría entre la tierra. La noche caía cuando llegaron a la cima y se unieron con los franceses.

     —Vœux, les frères[3]—mencionó uno de los hombres mientras todos ponían su mano a la altura del corazón y hacían una pequeña reverencia; el saludo de la Orden.

     Los visitantes les respondieron igualmente.

     —Por aquí si son tan amables—René abrió una trampilla del suelo donde se veía el símbolo de los Asesinos ahí plasmado en la madera.

     En aquel hueco escondido en el suelo del puesto de vigilancia se percibía un leve aroma a humedad. Unas escaleras descendían en la oscuridad al parecer unos cuatro o cinco metros.

     Primero bajó Hassân, que se moría de curiosidad por conocer a aquel español que aguardaba en la guarida de la Orden en Marsella. Después Dante y por último René, que se encargó de cerrar la trampilla dejando a los tres hombres en sus puestos.

     Finalmente los tres se encontraron en un túnel estrecho con forma de arco iluminado por antorchas, al final de éste se abría una cámara de aproximadamente diez metros cuadrados por tres de altura. Igual que el túnel, era iluminada por antorchas colocadas estratégicamente en los muros de ladrillo y por unas cuantas velas en una mesa situada en un rincón, donde había un hombre sentado con la vista fija en un papel. Vestía ropa de noble, por el color rojo con bordes dorados. Su pelo era negro como la noche y su barba de hace unos cuantos días sin cortar tenía un tono grisáceo. Aparentaba la misma edad que René.

     Al entrar todos en aquella habitación, éste los advirtió y se apresuró a interceptarlos en el centro. Hizo una reverencia y a continuación vociferó:

     —Humildemente, Fernando de Aragón se siente honrado al conocer a…

     —Dante—contestó.

     —Y Hassân—a éste le sonaba divertida la forma en que pronunciaba las palabras, sobre todo las “s”.

     —¡Ah!… ¿De dónde eres Hassân?

     —La verdad no lo sé. Pero crecí en la aldea de Masyaf.

     —¡Bien! Un sirio, un italiano, un francés y un español—continuó Fernando resaltando con la voz la última palabra—. ¿Estamos listos para ésta reunión de la que Marco nos ha hablado y de la que he esperado tanto y ha sido motivo de numerosos viajes?

     Los demás asintieron.

     —Muy bien entonces, tomen asiento.

     Los cuatro se sentaron en la mesa y de nuevo tomó la palabra Fernando.

     —Y bien… ¿Cómo está esa propuesta de la que nos habló Marco?

     Y de nuevo en el mismo mes, Hassân comenzó su relato. Nadie sacó una palabra mientras relataba. Incluso Dante que la había oído más de una vez se mantuvo concentrado en las palabras que salían del más joven de ahí.

      Mientras contaba, Hassân notó que en la muñeca izquierda del español había una cuchilla sostenida por tres correas de cuero que se mezclaban muy bien en su ropa, pero ningún brazal, a diferencia del resto.

     Era muy apuesto Fernando, tal vez se daba esos aires de grandeza por pertenecer a la nobleza. Pero sabía que no pertenecía allí. “Debe haber entrado por motivos de la Orden” pensó Hassân.

     Cuando hubo terminado su historia, Hassân guardó silencio para recibir una  respuesta, y Fernando confirmó sus sospechas sobre todo.

     —Entonces es vital que consigamos el apoyo de la Iglesia o de Francia, si queremos que caigan de verdad. Pero no podemos llegar a ellos como Asesinos. No por nada me han aceptado en los reinos de Castilla y León y en Aragón; encargaré una reunión con el embajador para conseguir audiencia con Clemente. Muy buena idea esa, Hassân, pero deberás tener paciencia. No lo conseguirás en menos de 20 años, tal vez más.

     —Si tenemos suerte y mucha habilidad, lo conseguiremos más rápido—agregó Dante.

     —Ahora mismo enviaré una carta al embajador. Cuanto antes, mejor—y Fernando levantóse y dirigióse al túnel por el que habían entrado los demás—. Tenemos una red de palomas mensajeras muy inteligentes, sólo diles a donde quieres que vayan y obedecerán, sin importar la distancia ni nada. Son útiles; nos ahorramos largos viajes.

     Y desapareció por la escalera.

     Después, aún sentados y en silencio, Dante tomó la palabra.

     —Yo ya no puedo serles útil. René, ¿dónde puedo conseguir un viaje de regreso?

     Asombrado por esta pregunta contestó:

     —Lamentablemente, la ciudad no deja partir ni barcos ni carros en las noches, es una de las razones por las que tenemos esos palomares. Pero al alba encontrarás lo que buscas—a pesar de su casi perfecta pronunciación, se trababa y en ocasiones tartamudeaba.

     Alighieri hizo una mueca de desagrado.

     René continuó hablando:

     —Ahora que todo está resuelto y explicado, tal vez necesiten descansar, su viaje ha sido largo, ¿verdad?

     Hassân sabía lo que sucedería: dormir bajo tierra no le sentaba bien. Y pareciera que su Hermano francés le leyera el pensamiento.      —Tal vez no les guste dormir aquí… Hay una posada bajando la colina. El dueño es un amigo. Si no tienen problema, los escoltaré.

     Los dos asintieron.

     Saliendo de la misma trampilla del puesto de vigilancia, notaron que la luna ya se asomaba en el cielo de color azul y negro. Los hombres seguían en sus puestos de antes, vigilando, observando.

     A un lado de la pequeña capilla, se encontraba Fernando que arrojaba una paloma en el aire y ésta se perdía en la oscuridad.

     Al cerrar la trampilla, René le dirigió unas palabras al grupo que vigilaba vete a saber qué:

     —Votre repos, rendez-vous avec leurs familles. Ne pas être nécessaire pendant un certain temps. Lorsque vous retournez à la ville vous fera savoir.

     —Fernando, les mostraré la posada donde dormirán, tal vez consideres prudente hacer tus maletas.

     El español solo asintió pero Hassân preguntó:

     —¿Van a salir? ¿Ahora?

     —Vamos.

     —¿Qué?—parecía muy sorprendido—¿A dónde?

     —Sólo hay una ciudad en donde podemos ser escuchados en Francia… Paris.

[1] «¡Bienvenidos a Marsella!»

[2] «Camino del Valle Oriol»

[3] «Saludos, hermanos»




Gracias por haber leído.

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